Orígenes de la comuna de Independencia

Resumen

Extracto del Libro “Patrimonio Histórico de la Comuna de Independencia”. Instituto de Restauración Histórica Arquitectónica. Facultad de Arquitectura y Urbanismo. Universidad de Chile. Magda, Anduaga, Patricio Duarte, Antonio Said

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Las primeras noticias que dicen relación con la historia de lo que en la actualidad constituye la comuna de Independencia, se remontan a los primeros años de vida de la ciudad de Santiago, cuando su territorio formaba parte de la amplia comarca existente al norte del cauce del río Mapocho.

Según los cronistas, fue precisamente atravesando dicho paraje por donde irrumpieron los conquistadores españoles en diciembre de 1540. A su paso; los caseríos indígenas y las tierras de cultivo irrigadas por la acequia de Vitacura, cuyo curso originado en la parte alta del río Mapocho salvaba como “salto de agua” el desnivel existente entre las faldas nororiente y norponiente del cerro San Cristóbal, dejaban constancia de la antigua ocupación de la región y de los afanes de sus habitantes prehispánicos. En aquel entonces la cuenca del Mapocho evidenciaba la influencia de la expansión imperialista incaica iniciada durante la segunda mitad del siglo XV, y su territorio era habilitado por diversos pueblos de indios. De hecho, a los pies del cerro de Huechuraba (actual Cerro Blanco), nombre del caserío de uno de los señores principales del lugar, Don Pedro de Valdivia, el conquistador de Chile, instaló el campamento previo a la fundación de la nueva ciudad luego de haber recorrido desde el valle de Aconcagua el llamado Camino de Chile.

Esta antigua vía era una de las variantes del “Camino del Inca” en pos del Valle del Mapuche, cruzando en su recorrido las localidades de Curimón, Chacabuco y Colina. En su tramo final corría en línea recta desde los terrenos del cacique Huechuraba hasta la ribera norte del río Mapocho, para luego, cauce de por medio, continuar hacia el sur pasando algo al poniente del lugar que ocupó posteriormente la Plaza de Armas en la traza fundacional delineada por el alarife Pedro de Gamboa. Precisamente, la elección final de Valdivia de fundar la nueva ciudad en el sitio ocupado por el cacique Huelén-Huara, en la banda sur del río Mapocho, a los pies de un pequeño cerro, abandonando el campamento que hasta ese momento acogía a sus huestes, fue determinante para el futuro del sector que le sirvió de primer asiento en su objetivo colonizador.

El cruzar el cauce del río y dar forma a Santiago del Nuevo Extremo en la ubicación que se le conoce, significó que con el correr del tiempo, el territorio que se extendía al norte del Mapocho empezara a ser conocido como “La Chimba”. Este vocablo prehispánico de origen quechua, común en la toponimia chilena y americana que significa “de la otra banda”, o “al otro lado del río” señalaba claramente la ubicación disgregada del área en cuestión respecto de la ciudad, asumiendo tempranamente la condición de un arrabal. De hecho, el rígido orden impuesto por el damero fundacional al sur del río no traspasó su cauce, generándose, por el contrario, en la zona inmediata a su ribera norte, un caserío espontáneo en el cuál se instaló parte importante de la población yanacona al servicio de los vecinos de la ciudad.

En aquellos ranchos, al igual que en otros sectores similares, los indígenas sometidos intentaban mantener sus tradiciones en un proceso de inevitable disolución cultural. Avanzado el tiempo, junto a ellos comenzaron a instalarse, igualmente, los talleres y domicilios de diversos artesanos de donde salían manufacturas y la mano de obra que la ciudad demandaba. Los terrenos que se extendían más al norte de los ranchos ribereños habían sido tempranamente repartidos entre los españoles avecindados en la nueva población, dando origen a extensas propiedades destinadas a la explotación agrícola.

El mismo Valdivia reservó para sí una importante cantidad de aquellas tierras al momento de su reparto. Estas tenían de extensión, según documentos de época, “… por cabezadas el río de esta ciudad, desde el camino real que va a Huechuraba, hasta el molino del capitán Juan Jofré y tienen por linderos por la una parte el dicho camino real que va a Huechuraba, hasta la chacra del Salto de Araya, y por la otra parte linda con la sierra que está en frente de la dicha ermita de Nuestra Señora de Monserrate” Explotadas por yanaconas, eran las sementeras donde el gobernador obtenía trigo, maíz y lo demás para el servicio de su casa. Posteriormente, en 1550, cedió su uso y goce para sustento de la ermita de Nuestra Señora de Monserrat fundada y administrada por doña Inés de Suárez, la cual, a su vez, traspasó en 1558 el oratorio y las tierras a su cargo a la orden de Santo Domingo, instituyendo una capellanía para la conversión de los naturales y por el alma de Pedro de Valdivia y sus descendientes.

El camino real, que es el anteriormente mencionado Camino de Chile o del inca, desde los inicios de la vida de la ciudad mantuvo su tradicional importancia, pasando a constituir la principal ruta de comunicación de Santiago con la región norte del país. En un principio su nombre original fue reemplazado por el de “Cañada de la Chimba”, denominación más local y castiza, acorde a su nueva realidad histórica, que hacía referencia a la pequeña hondonada existente en su centro, por donde escurrían las aguas del río Mapocho en época de crecida de modo similar a lo que ocurría por la “Cañada de San Francisco” en el costado sur de la ciudad. Sin embargo, dada la importancia que le dio su función de ser vía principal de entrada y salida a la urbe, elevó su categoría a Camino Real, convirtiéndose en el paso obligado de todo el comercio que provenía de Buenos Aires y de Cádiz, por la cordillera, o el que iba a Lima y Charcas, por el puerto de Valparaíso. A esa condición debió un nuevo nombre: “Camino Real de la Cañadilla”, con el que se le conoció por el resto del período colonial.

A la vera de la transitada vía, desde la orilla misma del Mapocho hasta las inmediaciones de Huechuraba, se sucedían las propiedades agrícolas originadas en la obtención de mercedes de tierra y por la parcelación de la otrora chácara de Pedro de Valdivia. Varias de ellas se destinaron a viñas como las de Juan de Quiroga en el inicio poniente de la Cañadilla, la de los padres de Santo Domingo y la de Alvaro de Mendoza al oriente, ya avanzando hacia el norte, o la Pedro Gómez en la Cañadilla afuera. En ese mismo sector cabe señalar, además, según lo indica el plano de Santiago de 1646 incluido por Alonso de Ovalle en su Histórica Relación del Reyno de Chile, la propiedad perteneciente a los mercedarios que se extendía en dirección a Renca.

Es posible que tempranamente se empezaran a conformar algunos callejones perpendiculares a de La Cañadilla permitiendo el transito entre algunas de las propiedades agrícolas. Los mas importantes de estos fueron , luego, el Callejón de los Olivos, que relacionaba La Cañadilla con el Camino de El Salto existente más al oriente en pleno Llano de Santo Domingo, y el Callejón de Carriones que permitía la comunicación hacia el pago de Renca. Ambos surgían, desfasados entre sí, luego de avanzar unas cuadras por La Cañadilla al norte. Fue habitual en La Chimba, además, la construcción de molinos que aprovechaban para su funcionamiento el agua que les proveía el río Mapocho. Para ese fin se ejecutaron canales como aquel que surgía a la altura del cerro San Cristóbal, avanzando en línea recta hacia el poniente para luego, tras cruzar la Cañadilla, desviarse al norte en pos de las tierras de Renca.

A su paso, en la primera mitad del siglo XVII, alimentaba los molinos de Juan Jofré, el más antiguo y más oriental, luego el llamado de Santo Domingo, y finalmente los de Chavarría y María Flores ubicados entre los caminos de El Salto y La Cañadilla. Con el tiempo a ese utilizado curso de agua se le conoció como Canal La Punta, por ser su destino final la Hacienda de ese nombre, propiedad de los jesuitas. Así, el destino agrícola de las tierras del Mapocho al norte y la ocupación singular de su ribera otorgó a la Chimba un especial carácter, mezcla de alegría y bullicio arrabalero con letargo campesino, marcando un ritmo de vida propio, un tanto ajeno al trajín de la emergente ciudad en la otra banda del río

Esta condición de extramuros de sector ultramapocho respecto de la ciudad, incluso marcado por el aislamiento en época de crecidas, no varió mayormente durante gran parte del período colonial y fue propicia para que la Chimba acogiera una especial función religiosa. Ella fue la instalación de dos conventos de recolección y un monasterio de clausura.

El primero de ellos en fundarse fue el Convento de Recoletos Descalzos -Recoleta Franciscana -, en terrenos donados por Don Nicolás García Henríquez y su esposa. La toma de posesión por parte de los Franciscanos se realizó en 1647, dándose inicio a las obras de construcción del convento e iglesia. Este hecho vino a satisfacer la necesidad de culto de la población de La Chimba, en pleno crecimiento, reemplazando a la “Iglesia de Aguayo” existente en la propiedad donada y en la cual se realizaba misa sólo los días domingo, algo sin duda insuficiente para la religiosidad de la época colonial. Hasta ese entonces la Chimba dependía administrativamente de la asistencia espiritual de la Doctrina de “El Salto”, quedando luego bajo la autoridad eclesiástica de la Parroquia de Renca, erigida probablemente en 1662. Ello confirma la existencia desvinculada del sector ultramapocho respecto de la ciudad.

De datos obtenidos de los libros de la Parroquia de Renca se señala que en el dicho barrio de La Chimba existían, hacia la segunda mitad del siglo XVII, un 45% de bautizados de origen español, frente a un 55% de mestizos, indígenas (37,5%) y africanos. A este periodo corresponde, además, la construcción del primer puente que unió ambas riberas del río a la altura de la fundación franciscana. Fue obra del Presidente Juan Henríquez, en 1681, complementando la reconstrucción de los tajamares del borde sur del cauce fluvial que él mismo había ordenado con anterioridad. Ambas iniciativas demuestran la preocupación de la autoridad por mejorar la condición de este postergado sector urbano dentro de una política de adelantamiento público general de la urbe. Sin embargo, el vínculo entre La Chimba y la ciudad no perduró por mucho tiempo, a pesar de que en la fábrica de sus bases y arcos de sustentación se utilizó piedra cal y ladrillo.

Si bien en el plano de Santiago levantado por Frezier en 1712, éste ya era señalado en estado de ruina, los antecedentes históricos dan cuenta de su existencia hasta la riada del Mapocho del año 1748, cuando sucumbió por el embate de las aguas, al igual que los tajamares que protegían el borde norte de la ciudad. Sólo varios años después, cerca de 1762, el derruido puente fue reemplazado por uno de madera que reutilizó los estribos de la estructura preexistente, aunque presumiblemente, el nuevo puente abarcó una mayor longitud que el anterior debido al ensanchamiento del lecho del río hacia el lado del convento de los recoletos descalzos. En el intertanto, La Chimba retornó a su aislamiento tradicional.

Algo más de un siglo separa a los franciscanos de la que fue la segunda orden religiosa en ir a levantar iglesia y convento en el sector de La Chimba. Fue en el año 1754 que los dominicos fundaron en el extenso “Llano de Santo Domingo” – herencia de la chacra original de Pedro de Valdivia – un convento de recolección, concretando así un objetivo perseguido desde tiempo atrás: el contar, al igual que los franciscanos, con un establecimiento donde cumplir una observancia más estricta de su regla monástica, alejados del ajetreo mundano en que se hallaba su convento mayor, a una cuadra de la Plaza de Armas de la ciudad.

Entre la instalación de una y otra recoleta, el sector de La Chimba evolucionó notoriamente, elevando su categoría dentro de la ciudad, y fue precisamente la llegada de los franciscanos la principal causa del cambio señalado. Nada ilustra mejor la nueva condición que el cambio de denominación del antiguo Camino de El Salto por el de Camino de la Recoleta. Este se vio animado, además, por el continuo tránsito de carretas y carruajes que hacían uso del puente que se ubicaba al inicio de su trazado. Estos factores, las instalaciones religiosas y la comunicación directa – aunque accidentada – con la ciudad, beneficiaron el desarrollo y poblamiento del Llano de Santo Domingo, mientras La Cañadilla mantenía su condición de acceso a la ciudad bordeada de tapiales en su recorrido en pos de la urbe.

Sin embargo, a partir de mediados del siglo XVIII, el antiguo Camino de Chile empezó a evidenciar un adelanto edilicio algo similar a lo que venía aconteciendo en el Llano de Santo Domingo. Genio y figura de aquella evolución fue la persona del Don Luis Manuel de Zañartu, Corregidor de la ciudad de Santiago, aunque tampoco se debe desconocer que detrás de su accionar se vislumbra la mentalidad progresista que caracterizó a los gobiernos de aquel periodo , imbuidos del espíritu del Despotismo Ilustrado. No obstante, dos de sus obras que tuvieron como escenario el sector de La Cañadilla, fueron fruto de motivaciones e intereses particulares no exentos de un indisimulado afán por hacer manifiesto su orgulloso linaje. Una de aquellas empresas que centró su atención fue su famosa “Quinta de Zañartu”, al poniente de La Cañadilla, la cual se extendía desde el río hasta la actual calle Cruz, teniendo como contrafrente el Camino de las Hornillas por el cual se iba a Renca (actual Avenida Fermín Vivaceta). En ella hizo edificar una casa de campo que en grabados antiguos muestra una destacada envergadura, sobresaliendo la singular silueta del torreón que jerarquizaba su acceso principal, antecedido por una plazoleta a escuadra con La Cañadilla. La importancia de esta propiedad queda de manifiesto en la tasación que se hizo de los bienes de Zañartu luego de su muerte en 1783. Aquella fue avaluada en 35.455 pesos 61/2 reales, mientras que su suntuosa casa de la ciudad, en la plazuela de La Merced, alcanzó un valor de 21.014 pesos 2 reales. La “Chacra El Pino”, al poniente de la Quinta de la Cañadilla, fue tasada, a su vez, en 7.449 pesos.

Su inversión más valiosa, sin embargo, a la cual destinó parte importante de su fortuna personal, fue la segunda obra que mandó levantar en La Cañadilla, en terrenos rematados en 1746 a una familia Hinestroza (sic), en el costado oriente de la vía, en frente de su afamada quinta. Allí hizo realidad su aspiración de crear el Monasterio de las Carmelitas Descalzas de San Rafael -el Carmen Bajo – tasado en 100.000 pesos, cuya construcción, concebida para albergar de por vida a sus dos únicas hijas, sirvió para perfilar la mítica figura del corregidor Zañartu, una de las tradiciones populares de Santiago colonial. El conjunto religioso fue levantado en corto tiempo, entre los años 1767 y 1770, emergiendo en la perspectiva de La Cañadilla el volumen de la iglesia conventual de nave única, dispuesta en forma paralela a la vía, mirando su fachada principal hacia la ciudad y precedida de su característico atrio. Dos amplios claustros, aislados del mundo exterior por patios menores y extensos huertos, completaban el conjunto donde las monjas encontraban la paz acorde a su vida contemplativa.

Por otra parte, al infatigable tesón y condición de mando con que desempeñó su cargo de Corregidor, se debió la ejecución de diversas obras públicas. Una de estas iniciativas llevadas a cabo en el sector de la Chimba, fue la construcción de la Casa de Pólvora en el área del Llano de Santo Domingo, a corta distancia de la falda sur del Cerro del mismo nombre. Es lógico pensar que la condición de arrabal del lugar debe haber sido un factor decisivo para instalar allí un edificio de este tipo , dado lo riesgoso de su actividad. María Graham se refiere al funcionamiento de este edificio, en ruinas, en 1822 “… Los molinos de pólvora eran movidos por el agua, y la maquinaria primitiva y muy peligrosa, pues los ingredientes se pulverizaban y unían en morteros de piedra. Esta fábrica, que costó al antiguo gobierno español una enorme suma de dinero, fue destruida por los Carrera, en su retirada ante el ejército de Osorio, en 1814 y, a pesar de la gran falta que hace, no ha sido restaurada desde entonces.

Sin embargo, la iniciativa que mejor ilustra la labor de Corregidor de la Ciudad desempeñada por Zañartu fue la construcción de una de las obras más ambiciosas de las que hasta ese entonces se había ejecutado en la urbe. Contemporáneamente a la edificación del Convento del Carmen Bajo, Luis Manuel de Zañartu, en 1767, dio inicio a los trabajos preparatorios para dotar a la ciudad de un puente nuevo que uniera digna y definitivamente las dos riberas del río. Sin más obreros que unos pocos albañiles y 80 presidiarios que hizo encerrar en unos galpones provisorios en el pedregal del río, al decir de Vicuña Mackenna, comenzó en 1772 la erección en sí de la soberbia estructura diseñada por el ingeniero militar José Antonio Birt. El sitio elegido, según informe emitido por el ingeniero militar Juan Garland, fue al inicio de la “… calle que conduce a la plaza y Cuartel de Dragones” (actual calle Puente) por ser el sitio “más proporcionado así por la firmeza de su terreno y menos velocidad de las corrientes como por la decoración y hermosura de la propia ciudad”. La obra avanzó rápidamente, de sur a norte, debido a la decisión tomada a proposición del propio Zañartu, de sustituir la piedra por ladrillo en la ejecución de los arcos y la parte superior del puente. Es posible que ya en 1778 haya empezado a prestar servicio, aunque no obstante faltase terminar algunas obras complementarias. Así se menciona en un acta del Cabildo de Santiago “… la falta que se descubre en su rampla que corresponde a la Cañadilla no correspondiendo con la que tiene en la parte de la ciudad, le hace sumamente defectivo por carecer de uniformidad y correspondencia”. Era la aludida rampa una de las dos por las cuales se accedía al puente viniendo desde el norte, recibiendo ésta el transito del Camino Real, mientras que la segunda de ellas enfilaba por el borde del río en pos del camino de la recoleta.

Una vez terminada tan magnifica obra, prueba del arte e industria de los hombres, a la cual el propio pueblo le bautizó con el nombre de “Puente de Cal y Canto”, aludiendo a los materiales que dieron forma a su fábrica para diferenciarlo del “puente de palo” unas cuadras más al oriente, la apariencia del sector se modificó sustancialmente. Donde más notoria se hizo la transformación urbana fue, sin duda, en el sector de La Cañadilla, que se vio comunicado directamente con la ciudad, alterando su carácter aislado y retraído que hasta ese momento le había impuesto el régimen fluvial del río Mapocho. Como digno complemento al majestuoso puente, y jerarquizando su acceso norte, se levantaban unos metros más allá, a uno y otro costado del Camino Real, la noble quinta del Corregidor y el no menos ilustre cenobio carmelita. Ambas obras, junto con el puente, conformaban una trilogía urbana que, debido a la persona de don Luis Manuel de Zañartu e Iriarte, engalanaban la entrada norte a la ciudad. Fue entonces que comenzó a evidenciarse un paulatino desarrollo a lo largo del antiguo Camino de Chile.

Precisamente, bajo la administración de Ambrosio O’Higgins, en 1791, el antiguo camino adquirió la condición de calle, ordenándose la ejecución de una serie de mejoras tras la redacción de un informe que daba cuenta del mal estado en que éste se encontraba. “… Que esta vía pública de la Cañadilla es una de las principales y necesarias entradas y salidas de esta capital. No sólo se conduce por la Cañadilla todo el gran tráfico que viene de la otra banda, sino también el de muchas poblaciones, de haciendas, y de los mejores minerales de este reino. Y así en su reparación y compostura debe aplicarse toda la atención que exige la misma pública utilidad y se recomienda por las leyes. Los hoyos, charcos y barrancos con que se halla enteramente escabroso y desfigurado este camino desde la rampa del puente hasta las tapias de los herederos de Don Gregorio González, hacen demasiado incómodo y penoso su trajín y al mismo tiempo gravoso a los dueños de las fincas que riegan con agua que corre por su acequia.”

Los trabajos se extendieron a lo largo de unas 20 cuadras, eliminando los accidentes del terreno y matorrales , junto con la plantación de una alameda al inicio del trazado. Igualmente, el Puente de Cal y Canto fue escenario de transformaciones. “… Sus rampas fueron arregladas con ripio, se levantaron las casuchas que aun existen en el costado poniente, en la cima, destinadas al expendio de comestibles a los viajeros; se le pusieron sofaés de piedra y se altaron las murallas que le sirven de balcones y evitan caídas al río; se construyó en la rampa norte un edificio para establecer una guardia permanente que evitara los contrabandos y salteos; y por último, se hizo paseo de moda, a pie, a caballo y en toda clase de vehículos, ya para ir a saborear la sabrosa frutilla de Renca o para tenderse a pierna suelta en las tardes de calor. Del mismo modo, era un paseo acostumbrado atravesar el puente para transitar por La Cañadilla hasta el Callejón de los Olivos retornando a la ciudad por el Camino de la Recoleta, disfrutando del paisaje frondoso que ofrecían los huertos tras los tapiales.

La mayor parte de las chacras originales se convirtieron en agradables quintas suburbanas, donde más de algún importante personaje colonial se retiraba a disfrutar de la tranquilidad que ofrecía el sector. Fue el caso del Obispo José Antonio Martínez de Aldunate, ilustre personalidad de la época, Rector de la Universidad de San Felipe en 1764 y Obispo de Guamanga en el perú, que en el año 1798 mandó construir su residencia en la Cañadilla, a la altura donde se abrió posteriormente la actual calle Echeverría que perpetúa el apellido de la familia descendiente del Obispo Martínez Aldunate, heredera de su propiedad. En aquella propiedad, demolida torpemente en 1973, el obispo pasó sus últimos días, abandonando este mundo entre sus gruesos muros de ladrillo el 8 de Abril de 1811 a la edad de 81 años.

Con anterioridad ya habían habilitado en el sector de La Cañadilla, el Obispo de Santiago Don Manuel de Alday y Aspée, que ocupó brillantemente la cátedra arzobispal entre los años 1755 y 1788, y el Obispo Dr. Don Francisco de Borja Marán, quien asumió, por su parte, la sede episcopal entre 1795 y 1807. A este último se debió la construcción de un nuevo templo en La Cañadilla, la iglesia de Nuestra Señora del Carmen, más conocida como la iglesia de la Estampa Volada. Según narra la tradición, la erección de la estructura arquitectónica recuerda el sitio en que una estampa sagrada se posó sobre un árbol el día 13 de Octubre de 1786, luego que, suspendida en el aire, volara desde la plaza de armas de la ciudad. Aquello, que fue interpretado como una señal divina, suscitó una profunda devoción popular de la cual el Obispo Marán se constituyó en principal benefactor. De ese modo procedió a adquirir los terrenos para la erección del templo, propiedad de Don Manuel Joaquín Valdivieso, y encargó el proyecto del edificio al discípulo de Toesca, Juan José

de Goicolea.

El año 1805 se iniciaron los trabajos de la solemne obra, que fue inaugurada en 1808 y en la cual se invirtieron 60.000 pesos, dando forma a la iglesia de noble arquitectura que se hizo tradición en La Cañadilla. La envergadura de la iniciativa llevada a cabo por el obispo Marán se explicaría probablemente como voto de agradecimiento a la Virgen del Carmen por su liberación con vida de manos de los indios tras un partido de chueca en que se decidió su suerte. Sin embargo, el edificio tuvo una corta existencia, ya que en 1822 fue derribado por un terremoto, siendo reedificado en más de una oportunidad. El actual templo corresponde al que se comenzó a edificar en 1890 según los planos del arquitecto francés Eugenio Joannon. La importancia del templo no sólo quedó de manifiesto en su despliegue arquitectónico, inusitado para su localización suburbana, sino además, en el hecho que prontamente, en el año 1814, adquirió la condición de Viceparroquia de Renca, trasladándose a ella las alhajas de la Viceparroquia de La Candelaria. Esta se localizaba en la hacienda La Punta, la cual, a su vez, había sido propiedad de los jesuitas. Posteriormente, en el año 1819, don José Ignacio Cienfuegos, Gobernador del Obispado de Santiago, la erigió Parroquia desmembrándola del territorio jurisdiccional de la de Renca. Fue la 8° en crearse, agregándose a las parroquias ya existentes del Sagrario, Colina, Santa Ana, Renca, Ñuñoa, San Isidro y San Lázaro.

Por otra parte, no deja de ser significativo el hecho que a lo largo de su existencia cuatro de sus párrocos ejercieron su cargo en calidad de obispos; fray Hilarión de Etura y Ceballos (1845 – 1849), José Manuel Orrego Pizarro (1860 – 1861), Fernando Blaitt Mariño (1881 – 1887) y Rafael Edwards Salas (1905 – 1913). Ello habla de la importancia que tenía ésta parroquia dentro de la Arquidiócesis de Santiago, de la cual dependían, hasta fines del siglo XIX, la casi totalidad de iglesias y conventos de la zona norte de Santiago. Con la construcción de este templo finaliza el capítulo colonial en que el sector de La Chimba ha consolidado largamente su existencia, dando origen a un área dentro de la ciudad con un innegable carácter local.

A ella, no obstante, se han incorporado situaciones que evidencian cierta connotación de índole degradante. Es así como luego de la muerte del Corregidor Zañartu, y tras la gran avenida del río de 1783 que, inundando La Cañadilla destruyó, entre muchas, su preciada quinta e hizo peligrar la existencia del Monasterio Carmelita, surgieron al oriente y poniente de la rampa norte del puente de Cal y Canto unos rancheríos similares a otros que aparecieron en áreas específicas de la ciudad desde mediados del siglo XVIII. Estos se componían ” … de gente miserable, sin ocupación fija, que se acogía a la ciudad por tener posibilidades en su tierra de origen y que se instalaban a título precario, en terrenos baldíos o en zonas pantanosas, cascajales del río y otros lugares de poco valor”. Fue éste el origen de lo que comenzó a denominarse el “Campamento”, por el rancherío oriental, y el “Arenal” aludiendo a la condición del terreno donde se instaló la población al poniente del puente Cal y Canto. En este último, se dice, campeaba el bandidaje capitaneado por el temible Pascual Liberona, llamado el Brujo, desde donde partían sus correrías, las que se iban alejando hasta la cuesta de Chacabuco.

La Cañadilla, por su parte, ha registrado, al finalizar la Colonia, el tránsito de parte importante de la historia de la ciudad. Desde aquella remota entrada de los conquistadores españoles en el año 1540 ha sido testigo de acontecimientos significativos y cotidianos. Así, han transitado igualmente por ella, viajeros y carretas cargadas de productos agrícolas de las chacras y campos aledaños destinadas a abastecer la ciudad, como también ha sido conmovida por la agitación que suscitaba el recibimiento de algún Gobernador que venía a tomar posesión de su cargo. Al respecto Vicuña Mackenna señala, “… Acostumbrábase en tales casos (…) el enviar una diputación de oficiales del ejército hasta la hacienda de Chacabuco, propiedad de los Jesuitas, con el objeto de cumplimentarle a nombre de la ciudad, y allí reposaba aquella noche el ilustre viajero. Llamábase éste el primer camarico, por el nombre que los indios dan a sus regalos. El segundo tenía lugar en Colina, donde el presidente almorzaba a la mañana siguiente y el tercero en la quinta que se llamaba Casa de Campo, que fue después de un vecino llamado don Francisco Olivos, y vese todavía a la entrada del callejón de las Hornillas, en el sitio en que ésta hace su confluencia con el camino carretero del norte. (…) Llegado el presidente a la Casa de Campos en la víspera de su solemne recepción pública, salían en dos hileras de carruajes la Real Audiencia y el Ayuntamiento con el objetivo de felicitarle, y colocándose en dos alas en el salón preparado al efecto, los oidores a la derecha, los ediles a la izquierda, le dirigían una arenga, aquellos por la boca del oidor decano, los últimos por la del corregidor . Hecho esto, se conversaba un rato sobre lo áspero de las cordilleras, la belleza y sombra de los huertos de Curimón, el polvo o los barriales de Huechuraba (según las estaciones) la salud del rey, etc.; y después de las cortesías, volvíase cada cual a su casa.”

Sin embargo, el período en que el antiguo Camino Real fue escenario de una mayor agitación histórica fue en los turbulentos años finales del régimen colonial. Por la Cañadilla -actual calle Independencia- abandonaron la ciudad con destino a Mendoza los patriotas, presurosos y apesadumbrados, tras el Desastre de Rancagua en 1814. Por la misma vía, en 1817, el espíritu independentista retornó vigoroso, primero anticipadamente, en el rumor que anunciaba las victorias de Coimas y Chacabuco, finalmente, con la entrada gloriosa del Ejército Libertador.

Quizás haya sido el episodio mas brillante que tuvo lugar en la antigua Cañadilla, en que como nunca ostentó con orgullo su condición histórica de ser vía de acceso a la ciudad.

La instauración de la República no modificó mayormente la condición del sector ultramapocho. De hecho, éste mantuvo su identidad singular, incluso no exenta de cierto sentimiento separatista respecto de la ciudad. Es ilustrativo, en ese sentido, el relato que realiza José Zapiola de las tradicionales guerras de piedras que tenían lugar en algunos sectores de Santiago. De éstas, las más famosas eran las que protagonizaban chimberos y santiaguinos, utilizando como campo de batalla el cauce del Mapocho. Constituían una atractiva distracción para la población del sur del río que acudía en buen número al Paseo del Tajamar para disfrutar de las escaramuzas: “… La línea divisoria de ambos ejércitos era el río, del cual se prefería la parte más angosta, tanto para alcanzar a herir al enemigo con menos esfuerzo como para pasarlo, en caso necesario, en su persecución. Esta última circunstancia era sólo favorable a los santiaguinos, que, llegando casi siempre hasta los ranchos situados en el río, y encontrándolos abandonados, saqueaban como vencedores esos ranchos, escapando sólo aquellos cuyos dueños eran mujeres indefensas. Estos saqueos no eran precisamente por robar, pues se sabe lo que en un rancho puede tentar la codicia, sino por imitar la guerra en todos sus pormenores, y, más que todo, por el instinto de hacer daño, inherente a los niños. Los santiaguinos no corrían este peligro, porque la clase de edificios, al Sur del río, no se prestaba al saqueo, y principalmente porque el gran número de curiosos lo habría impedido”.

Al gobierno de Don Bernardo O’ Higgins se debieron dos iniciativas, de distinto alcance, para el sector norte de la ciudad. La primera de ellas consistió en dar el nombre de “Calle de Buenos Aires” a la antigua Cañadilla, para recordar la participación que le cupo a esa ciudad en la gesta independentista nacional. A pesar de que el dicho nombre aparecía en un letrero “… hecho en tablero negro con letras blancas, (…) colocado frente a la iglesia del Carmen Bajo, acera poniente, y duró hasta fines de la administración de Bulnes”, lo cierto es que, más pudo la tradición, perdurando la costumbre de llamar a la antigua vía por su denominación de origen colonial. Incluso, en el Plano de Santiago realizado por Ernesto Ansart en el año 1875, aún aparece oficialmente designada con el nombre de “Calle de la Cañadilla”. Hay que hacer notar, no obstante, que el cambio de nombre impuesto a La Cañadilla no fue un hecho aislado, sino que, por el contrario, igual suerte corrieron el resto de las calles de la ciudad. Con ello se pretendía eliminar cualquier vestigio que recordara el período de dominación española.

La segunda medida del Gobierno de O’Higgins que sí trascendió e incorporó una singular función al sector de La Chimba, consistió en la creación del Cementerio General. Era éste un objetivo perseguido desde tiempo atrás que propugnaba la idea de poner fin a la inveterada costumbre de sepultar cadáveres en las iglesias, siendo necesario para ello, definir su ubicación extramuros de la ciudad, que asegurara la salubridad de la población. Dicha condición se cumplía plenamente en el sector ultramapocho en que el viento sur evitaría la propagación hacia la ciudad los microbios de los cadáveres. El sitio elegido fue una localización aledaña al destruido Almacén de la Pólvora, en “… un potrerillo de bueyes que los padres de Santo Domingo trocaron por barato precio en 1819, al pie de la cantera de la Catedral, junto al Cerro Blanco”, y que formaba parte de la posesión dominica del Llano de Santo Domingo, aunque, es más exacto que éstos no lo vendieron como afirma Vicuña Mackenna en la cita precedente, sino que solamente lo cedieron a solicitud del gobierno. El Panteón – como se le comenzó a llamar en aquellos años – fue inaugurado en el año 1821, con su recinto cercado de muros y dotado de un edificio de Administración. Posteriormente se le incorporó una Capilla que comenzó a funcionar en 1823. La construcción de las obras del camposanto estuvieron a cargo de Don Manuel Joaquín Valdivieso, quien, luego, fue nombrado su administrador. Era éste el mismo vecino de La Cañadilla en cuya chacra se construyó la iglesia de La Estampa, y quien fuera, además, padre de Don Rafael Valentín Valdivieso, Arzobispo de Santiago entre los años 1845 y 1878. El funcionamiento del cementerio público con su tránsito obligado de entierros y visitantes aumentó el número de usuarios que circulaban por las calles de La Recoleta y La Cañadilla para finalmente acceder en pos de su destino a través de callejones que se desprendían, para ese fin, desde ambas vías, debido a la carencia de un acceso directo que sólo existiría años después. Allí, frente al acceso del cementerio y en sus inmediaciones, se hicieron habituales manifestaciones de carácter popular, como la instalación de ramadas y fondas para los días 1 de Noviembre, donde no estaban ausentes la música y las borracheras.

Los padres dominicos, pocos años después que entregaron el terreno necesario para la creación del cementerio, decidieron la enajenación total del Llano de Santo Domingo debido a la inseguridad de su posesión frente a las exigencias de cesión cada vez más habituales y los rumores de confiscación que comenzaban a hacerse sentir. La venta de los terrenos de la antigua chacra de Don Pedro de Valdivia, de la que sólo mantuvieron los dominicos para sí la Capilla de Montserrat y su viña aledaña, alcanzó la suma de setenta mil pesos y fueron adquiridos por la sociedad formada por don Pedro Nolasco León y el coronel Enrique Campino en el año 1823. Este último fue el que en definitiva quedó en posesión del costado poniente del llano, colindante con las propiedades que enfrentaba a La Cañadilla, mientras que el Sr. León, dueño de la parte oriental, prontamente inició la parcelación y venta de los terrenos. Ello

dio pie a la apertura de nuevas calles y callejones y al poblamiento más intenso de dicho sector.

De ese modo, con el tiempo fueron proliferando las quintas, dentro de las cuales se debe mencionar la perteneciente a doña Dolores Portales, hermana del Ministro Portales. Por su parte, el último reducto de la chacra de Pedro de Valdivia, la “Viña Vieja”, de la cual los dominicos no habían querido desprenderse, fue confiscada, al igual que todos los bienes pertenecientes a regularles, y rematada en 1824. Fue el terreno que años después fue adquirido para la construcción de la Casa de Orates.

Acercándose a la mitad del siglo, el inicio de la Alameda de La Cañadilla, como aparece designada en el Plano de Santiago levantado por Herbage, evidenció un importante proceso de urbanización. Ello se debió a la parcelación de parte de la antigua Quinta de Zañartu, propiedad heredada por las religiosas del Carmen Bajo, que se veía afectada – como se mencionó anteriormente – por la ocupación espontánea de la ribera norte del río por personas de baja condición social. Se relaciona al desarrollo de esta urbanización la participación que le cupo a la Sociedad Ovalle Hermanos, formada para tal efecto, que perseguía el beneficio económico mediante el mecanismo de renta de la tierra, realidad que se repetía en distintos puntos de la ciudad. “… Matías y Pastor Ovalle, en 1853, decidieron tomar en arriendo la antigua quinta de Zañartu, cuya casa habitación estaba casi en ruinas, para edificar numerosas y baratas casas de arriendo, especialmente destinadas a obreros y demás gente de escasos recursos. A medida que fueron edificando y entregando las casas en arriendo, iban aumentando el capital que invertían en hacer nuevas construcciones… ”

Surgió de este modo, la Población Ovalle, una retícula de manzanas de proporción alargada que aún caracteriza este sector de la Comuna de Independencia, y que sirvió para mejorar en algo las miserables condiciones de vida de los más desposeídos. Incluso la población pudo contar casi desde sus inicios con la asistencia espiritual de la capilla San Pedro de Alcántara, que se levantó para tal objeto en las inmediaciones del río Mapocho, en el antiguo rancherío del Arenal, existiendo en ese lugar hasta el año 1889, cuando fue demolida debido a la canalización del cauce fluvial. Pero no fue ésta la única fundación religiosa que tuvo lugar en aquel nuevo sector urbano de la ciudad: las Monjas Carmelitas de San Rafael fueron generosas benefactoras, cediendo terrenos de la antigua Quinta de Zañartu para la instalación de distintas comunidades religiosas.

Es posible que haya influido en su decisión, además, la figura del Arzobispo Valdivieso y sus antecedentes familiares que lo relacionaban con este sector de la ciudad y que pueden  haber hecho que éste tuviera  una especial consideración e interés en su desarrollo. Lo cierto es que a su gestión de Arzobispo de Santiago se debe la fundación de significativas instituciones religiosas que ayudaron notoriamente a la consolidación del sector.

La primera de ellas en instalarse, ocupando una importante cantidad de terreno aledaño al límite norte de la Población Ovalle, fue la orden de las religiosas del Buen Pastor de Angers, que arribó a Chile en el año 1855 y cuya iglesia y Monasterio fueron costeados por la familia Fernández Concha, que se contaban entre una de las de mayor fortuna de la época. Una de las hijas de aquella familia luego profesó en dicho Monasterio llegando a ser Superiora Provincial y Visitadora en Chile, Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay; fue la Madre San Agustín de Jesús Fernández de Santiago Concha, responsable de la fundación de 34 conventos en América del Sur y en proceso de beatificación desde 1948. El vasto conjunto arquitectónico del Buen Pastor, empezado a construir en 1857 y conformado en ese entonces por una serie de claustros, destacó, a medida que se iban dando por finalizadas sus obras, por la imponente fábrica de su iglesia, obra del arquitecto italiano Eusebio Chelli y que fue erigida como tal en 1871 bajo la advocación de la Inmaculada Concepción. Este arquitecto realizó una importante labor profesional al servicio del Arzobispado, construyendo una serie de templos, de los cuales, al menos cuatro de ellos, incluido el Buen Pastor, son Monumentos Nacionales. La altura de las torres -de inspiración gótica -con que se remató años después la composición de la fachada de la iglesia, constituyeron un punto de referencia obligado en el paisaje semirrural de La Cañadilla al poniente, haciendo honor, además, a la misión de centro de formación cristiana y correccional de mujeres que desarrollaron en aquel establecimiento las religiosas del Buen Pastor. En la actualidad una reducida parte de lo que fuera el Monasterio original alberga un asilo de ancianos administrados por la Fundación Las Rosas de Ayuda Fraterna.

La segunda fundación religiosa en instalarse en una ubicación próxima al Buen Pastor, dentro del trazado de la Población Ovalle, fue el Beatario de las Verónicas, fundado en 1865 y destinado al amparo de niñas huérfanas. El conjunto fue dotado de una iglesia que dio servicio público desde 1867 bajo la protección de Santa Salomé y que, a diferencia del Buen Pastor, se caracterizó por la rusticidad de su fábrica de gruesos muros de adobes y básica volumetría. Constituyó una noble expresión de la sencilla arquitectura que iba dando forma al barrio que surgía entre La Cañadilla y el Callejón de Las Hornillas. Ambos conjuntos religiosos, que aún subsisten -aunque menoscabados- dieron el nombre a las calles en las cuales se edificaron. Así, la actual calle Rivera era conocida como la Calle del Buen Pastor, mientras que la ahora calle Pinto recibía el nombre de Calle de La Verónica.

Finalmente, el tercer conjunto religioso en levantarse correspondió a la iniciativa del Arzobispo Valdivieso para reemplazar la desaparecida Casa de Ejercicios de La Ollería que existió al frente de la chacra del mismo nombre, al suroriente del Cerro Santa Lucía. Este centro de retiro espiritual había prestado importantes servicios a la población de Santiago, primero bajo la guía de los jesuitas -expulsados en 1767- y luego bajo la administración del Obispado de Santiago hasta el año 1817, en que fue confiscada para establecer en ella una maestranza militar. La necesidad de contar con nuevos establecimientos de este tipo fue lo que impulsó al Arzobispo Valdivieso a crear la Casa de Ejercicios de San Juan Bautista en una ubicación inmediata al conjunto del Buen Pastor, un tanto desfasada al norte, instalándose en el sitio delimitado por las actuales calles Cruz, López. Colón y Escanilla. La administración del recinto fue encargado a las Monjas de la Providencia. Este centro de retiro espiritual funcionó en dicha ubicación hasta cerca del año 1965 en que la Casa y su Capilla fueron demolidas. En la actualidad el terreno es ocupado por dos conjuntos de edificios de departamentos, permaneciendo como único recuerdo de aquella institución religiosa sólo el nombre dado a la Calle Retiro.

En la misma época en que aparecían al poniente de la Cañadilla la Población Ovalle y las fundaciones religiosas reseñadas, surgió un establecimiento industrial avanzando por esa vía al norte y que fue tradicional en el barrio de La Cañadilla. Ya en 1822, María Graham, atenta observadora de las costumbres de nuestro país, en una excursión al Salto de Agua, referiéndose a su paso por el barrio de la Chimba, menciona la fama que tenía este sector de la ciudad “…por su bien montada cervecería y sus salazones de cerdo.” Por lo tanto, no debe haber resultado extraña la instalación en 1856 en las inmediaciones de la iglesia de La Estampa, en parte de lo que fuera la Quinta de Valdivieso, de “… un establecimiento que producía esta bebida y que pertenecía a la sociedad por Stumpfere y Koch”.

Interesa recordar que en esta ciudad no existía la costumbre de beber cerveza por lo que su producción, en un principio, debió ser necesariamente muy pequeña y necesitó, también, obtener algún tipo de protección oficial lo que se logró con el arancel de 1860 que elevó los derechos de internación de la cerveza extranjera. La fábrica de La Cañadilla fue adquirida en 1880 por Andrés Ebner, el cual la hizo crecer hasta producir un millón y medio de litros anuales, de cerveza de clase superior. En 1891, la fábrica estaba instalada sobre un terreno de 18.000 metros cuadrados, casi dos hectáreas, en las que trabajaban 300 operarios, exportando cerveza al Perú, Ecuador y Argentina. Algo de esa pasada grandeza se puede aún observar, no sin tristeza, en el noble y abandonado edificio de oficinas y habitación que don Andrés Ebner mandó construir enfrentando a La Cañadilla. Junto con la estructura de un antiguo secador de cebada está considerado dentro de los pocos Monumentos Nacionales de índole industrial.

Habría que mencionar dentro de este período, además, el establecimiento de la Casa de Orates de Nuestra Señora de los Ángeles que, al trasladarse del barrio Yungay donde había sido fundada en 1852, ocupó el terreno de Calle de Olivos, empezando a funcionar en 1858.

La aparición de esta serie de edificios e instituciones, si bien significó incorporar nuevas realidades urbano-arquitectónicas dentro del sector, no alteró necesariamente, sin embargo, en forma significativa su carácter, tal vez porque las nuevas funciones se avenían, precisamente, con su tradicional condición de extramuros de la ciudad, algo que -como se ha visto- resultó determinante para la evolución histórica de La Chimba en más de una oportunidad. Así, las fundaciones religiosas aprovecharon el aislamiento y disponibilidad de amplios terrenos existentes en el lugar. Las mismas razones explican la instalación de la industria cervecera que se vio beneficiada, además, por la mano de obra barata que proveía parte importante de la población del sector.

Se podría señalar, no obstante, que el área empezó a exhibir una conformación un tanto más heterogénea, dentro de su contexto general aún de características semirrurales. Además, se consolidó un proceso de creciente diferenciación de zonas dentro del antiguo territorio de La Chimba. Así ya es posible identificar lo que era propiamente el barrio de La Cañadilla, el cual se va configurando referido esa vía, que impone su ritmo de vida agitado y bullicioso, mientras el área del antiguo Llano de Santo Domingo, estructurado en torno a la Alameda de La Recoleta, acoge apacibles quintas, aisladas tras huertos y tapiales. A su vez, el histórico nombre de La Chimba pasó a designar solamente el sector más inmediato al río hacia el oriente de la plazoleta de la Recoleta Franciscana.

Fue la prolífica labor de la Intendencia de Don Benjamín Vicuña Mackenna (1872-1875) y su programa de Transformación de Santiago, que también se hizo sentir al norte de la ciudad, lo que marcó el inicio de una evolución más evidente de dicho sector. Es posible afirmar que con Vicuña Mackenna por vez primera se concibió la pertenencia integrada del sector ultramapocho al conjunto de la ciudad tradicional.

Así se puede apreciar al examinar el Plano de Santiago de 1875 realizado por Ernesto Ansart, en el cual una serie de realizaciones y otras ideas -que sólo quedaron como proyecto- dan cuenta de la visión global de la transformación de la ciudad que postulaba el Intendente de Santiago. Dentro de su plan de

saneamiento de barrios populares, se puede mencionar en el sector al norte del Mapocho la erradicación de una serie de tugurios existentes. “…Vista la nota anterior, y teniendo presente las autorizaciones concedidas por la Ilustre Municipalidad, y que es necesidad dolorosa pero suprema de la situación, destruir con mano enérgica todos los focos de muerte que rodean la ciudad y diezman cruelmente su población, he acordado y decreto: El comisario de los barrios del Norte Don Fernando Urcullu, procederá a hacer desalojar todos los habitantes de la ranchería propiedad de la señora Doña Carmen Orella, a la bajada del puente de Calicanto, así como los del conventillo propiedad de la misma señora y el de Don Santos Fariña. Dese a cada madre de familia dos pesos de los fondos de lazaretos para los efectos de esta mudanza, quedando a cargo de la Intendencia su nueva instalación, y se notificará a la citada señora que esos ranchos permanezcan cerrados hasta que se demuelan o reconstruyan en las condiciones higiénicas que exige la vivienda de todo ser racional. ”

Incluso la Población Ovalle, donde las condiciones de vida al parecer no eran todo lo aceptables que se esperaban, escapó a las críticas del Intendente.” … Ni la Intendencia, ni la Municipalidad, ni la capital entera de la República han podido tomar posesión de ese importante Barrio, a causa de no poseer ni policía con que custodiarlo, ni carretones con que extraer sus basuras, ni agua potable con que surtir sus necesidades, etc. Por lo cual esa población es una pequeña ciudad aparte que administran sus dueños como mejor les parece, según su leal saber y entender. ”

Esta población había aumentado su superficie desde su creación, incorporando nuevos terrenos tanto hacia el norte4 de la calle del Buen Pastor, loteando lo que fuera la Quinta de Echazarreta, como traspasando, a su vez, el Camino de Las Hornillas hacia el poniente, anexando parte de la Chacra El Pino.

Sin embargo, Vicuña Mackenna pudo, al menos, adoptar la medida de dar nombre a las distintas calles que conformaban ese barrio. Para ello utilizó los nombres de distintos militares que lucharon por la Independencia Nacional. La condición de barrio popular que ostentaba la Población Ovalle queda de manifiesto en el hecho que en una de sus calles funcionaba una famosa chingana que le daba cierta fama de barrio galante. ” …Estaba allí, en la esquina de las calles Maruri y Lastra la famosa Fonda del Arenal, donde campeaba una de las más célebres cultoras del arte popular chileno. Era la Peta Basaure, además de una belleza, una hembra brava y aguerrida, invencible en la resbalosa y en la zamacueca y que hizo escuela en los tablados santiaguinos (…)” Los “puetas” Manuel Clavero, atildado cantor de las glorias militares de 1879 y Nicasio García rey del “contrapunte” y la improvisación convocaban en el corral de Maruri la flor y nata de la “afición”.

La intervención de mayor trascendencia urbana propiciadas por Vicuña Mackenna, en esta parte de la ciudad – como el mismo lo señala- sin duda fue el mejoramiento del acceso al Panteón de la ciudad. Ello fue posible con ” … La apertura de la espaciosa Avenida del Cementerio, que ha puesto en cómoda comunicación las dos vías principales de circulación de aquellos barrios (Cañadilla y la Recoleta), y sirve a más y principalmente, pues este fue su objetivo, a la decente y ordenada conducción de los muertos, que antes se hacía en tristes tropeles por el callejón llamado del Panteón o por una especie de polvoroso por tezuelo que existe al pie del Cerro Blanco.” Debe mencionarse que de dicha avenida sólo pudo ejecutarse la parte final de su trazado que remataba al norte en la Plaza del Panteón, un hemiciclo de vastas proporciones acorde a la solemnidad perseguida y apto para el movimiento de carruajes. ”

Don Miguel Dávila, administrador del Cementerio mandó a plantar cipreses e hizo además alrededor de ella una alcantarilla de cal, ladrillo y piedra para recoger las aguas que antes pasaban frente a la entrada del camposanto encharcando el pequeño espacio que había para los carruajes. Posteriormente, se colocó en el centro de la plaza un monumento de Alberto Carrier belleuse, en memoria de las víctimas del incendio de la Iglesia de La Compañía, y que originalmente estuvo en los jardines del Congreso Nacional. También se construyeron portales alrededor de ella y que contenían 40 recintos de uso exclusivo del personal del cementerio: bodegas, baños, salas de recreo y luego viviendas.

El inicio sur de la avenida correspondía a su intersección con dos vías perpendiculares a ella: la Calle del Rosario de la Viña, que la comunicaba hacia la calle de La Recoleta, haciendo alusión en su nombre a la iglesia del mismo nombre, heredera de la antigua Ermita de Monserrate (conocida en la actualidad como La Viñita), y en Camino de Cintura, que avanzaba hacia La Cañadilla. Esta singular denominación contenida en el Plano de Ansart para ese tramo de la actual calle Santos Dumont, viene a demostrar el proyecto, no concretado finalmente, de trazar por aquel lugar la Avenida Norte del Camino de Cintura con que Vicuña Mackenna pretendía rodear la ciudad y que debía delimitar, ” La ciudad propia sujeta a los cargos y beneficios del municipio, y los suburbios, para los cuales debe haber un régimen aparte, menos oneroso y menos activo.” Esta sección norte del Camino de Cintura se prolongaba al poniente, un tanto desfasado, en la Calle del Norte (luego O’Higgins y actual calle Gamero) hasta la Calle de las Hornillas, para después enunciarse en línea segmentada como realización futura hasta la altura de la Calle Matucana, donde giraba hacia el sur para ir a empalmar con esta última.

A Vicuña Mackenna se debe también la creación de la Plaza de la Vega,

ocupando un espacio despejado entre los puentes de Palo y Calicanto, en el borde norte del Mapocho. Ahí, al igual que el mercado, llegaban los productos agrícolas de las chacras comarcanas al norte de Santiago, generando un movimiento de concurrentes y carromatos que fue aumentando en el tiempo de modo que al finalizar el siglo se dispuso que las carretas con melones y sandías debían estacionarse en la Plazuela de los Moteros (Plaza Matías Ovalle), en el extremo poniente de la Población Ovalle.

Desde el punto de vista administrativo el sector norte de la ciudad fue dividido por el Intendente en tres Subdelegaciones: La Chimba, Recoleta y La Cañadilla, reflejando la diferenciación de áreas que de forma natural se había venido produciendo.

Junto con estas intervenciones urbanas también se levantaron nuevos edificios que reforzaron el proceso de cambio en el sector. Así, por ejemplo, en 1872, a la vera de La Cañadilla, se colocó la primera piedra del Hospital San Vicente de Paul en terrenos pertenecientes a la Junta de Beneficencia. Dicho establecimiento fue el primero de su tipo en esta zona de la ciudad, sirviendo en un principio, al parecer, como Lazareto, en una época en que las continuas epidemias causaban estragos en los estratos bajos de la población por deplorables condiciones de vida en que habitaban en distintos barrios populosos de la ciudad.

Por esa misma causa es que, unos años después, tras una epidemia de “cólera morbus” que azotó a Santiago en 1887, se fundó un nuevo lazareto en terrenos cedidos por el Cementerio General, dependiente igualmente de la Junta de Beneficencia. Fue el origen del que después se llamó Hospital San José. Posteriormente, en 1889, aledaña al Hospital San Vicente de Paul, comenzó a funcionar la Escuela de Medicina, consolidando el sector como centro de servicio de salud y educación, cualidad que aún mantiene.

Por otra parte, dentro del mismo proceso de cambio urbano, en 1874 se dio comienzo a la pavimentación de La Cañadilla y, en 1875, ocupando los terrenos de una característica quinta que se ubicaba inmediata al río, al oriente de la rampa norte del puente de Cal y Canto – la Quinta de Días -, se levantaron los galpones y caballerizas donde llegaban a guardarse los tranvías del Ferrocarril Urbano, en funcionamiento desde 1857. Ya en 1872 los carros de sangre habían extendido su servicio por las calles de Estado y Ahumada hasta el Mercado Central, para luego iniciar su funcionamiento los recorridos por las calles de La Recoleta y La Cañadilla que tenían como destino final el Cementerio General. En 1882 se construyó, sobre el Mapocho, el Puente del Ferrocarril Urbano a la altura del Mercado Central por donde cruzaban en uno y otro sentido aquellos cada vez más usuales carros de transporte tirados por caballos.

Una actividad totalmente distinta a las anteriores la constituyó la instalación en aquellos mismos años de un Circo o Hipódromo, como se le denominaba, en las inmediaciones del Monasterio del Carmen Bajo.

Ello habla claramente de los nuevos aires que corrían por el barrio de la Cañadilla al finalizar el siglo XIX. Edificado por el arquitecto y prestigiditador francés F. Peires de Lajournade en parte de la antigua Quinta de Villalón, este establecimiento fue inaugurado el 15 de Septiembre de 1873. “En ese lujoso coliseo se hospedaron grandes compañías de variedades y los primeros circos que exhibían fieras amaestradas y cabalgatas.” Este tipo de espectáculos eran muy del gusto de la sociedad de la época, abundando esta clase de recintos en sectores característicos de la ciudad.”

Junto al río Mapocho funcionaba el llamado circo Inglés en 1893, mientras que en la ribera norte del mismo río, frente al puente de los Carros en 1909, funcionaba la empresa de Ernesto Echiburú con una carpa capaz de contener 1500 personas de galería y 500 de platea, hay noticias del circo Bravo que funcionó en la calle Bandera esquina Mapocho en 1904; del circo Océano, con combates de boxeo en 1908 y del Plaza Circo Santiago, ubicado en las cercanías de la actual plaza Baquedano en 1901, con espectáculo de animales bravos. Con el tiempo el centro de diversión de La Cañadilla fue cerrado y en su terreno, comprado por la familia Mac Clure Ossandón, se levantó un conjunto de viviendas de alquiler, conformando un pasaje que en la actualidad comunica la calle Dávila y la Avenida Independencia. Según la información que suministran planos de fines de siglo, luego de la desaparición del referido circo surgió un nuevo recinto de espectáculos, posiblemente conocido como Teatro Balmaceda donde, al decir de Luis Alberto Sánchez, “alegres chicas se desnudaban hasta donde se lo permitían la autoridad y el clima.”

1888 fue una fecha decisiva para la historia futura de la antigua Chimba. En ese año se dieron inicio a los trabajos de canalización del cauce del río Mapocho concretando una idea, pospuesta en más de una oportunidad, que se remontaba, incluso, a antes del período de intendencia de Vicuña Mackenna. Los trabajos a cargo del ingeniero Valentín Martínez, desde el punto de vista de los intereses de la ciudad, posibilitaron una relación más fluida entre el área central de la ciudad y el sector norte mediante la instalación de una serie de puentes metálicos que fueron surgiendo en el tiempo en distintos puntos de su recorrido.

Los primeros en unir ambas riberas fueron Purísima, Mackenna y 21 de Mayo,

fabricados en Valparaíso e instalados en 1891. Posteriormente, en 1892, se agregaron nuevas estructuras, procedentes de Francia, y que fueron: el Pío Nono, Recoleta, Cañadilla y Manuel Rodríguez. Por su parte el río, encajonado entre recios tajamares de piedra, perdió en gran medida su carácter colonial de barrera divisoria natural de la urbe, la cual conquistó para sí los nuevos terrenos ganados a raíz de la canalización.

Sin embargo, el costo de tan importante obra fue la lamentable pérdida de la noble estructura del puente Cal y Canto que, sin mayor consideración, fue demolido luego que dos de sus arcos, debilitados en sus bases por los trabajos de canalización, sucumbieron en la avenida del año 1888. Puede decirse que este hecho simbolizó el inicio de una nueva etapa para el sector norte de la ciudad, presagiando el avance creciente de la ciudad con su dinámica de progreso y modo de vida urbano que, cruzando el río, comenzó ha alterar definitivamente el carácter colonial y la apacible existencia que aún se advertía en algunos sectores de la antigua Chimba.

Así, por ejemplo, en 1889 algunos de los residentes de las calle Cañadilla y Recoleta se encontraban entre los 476 suscriptores de la West Coast Telephone Co. Que incluía, además, abonados de las calles Moneda, Agustinas, Huérfanos, Compañía, Catedral, San Pablo, Nataniel y San Diego. De modo similar, la arquitectura dio cuenta de las nuevas circunstancias históricas, materializando, en los nuevos edificios que surgieron, la estética del historicismo decimonónico tan distante de la tradicional sencillez de la arquitectura colonial aún vigente en el sector ultramapocho.

En la Cañadilla, la ahora desaparecida antigua Escuela de Medicina, el Hospital de San Vicente de Paul, del cual subsiste su capilla como único testimonio de su existencia, o el edificio principal de la Fábrica de Cerveza de Andrés Ebner, introdujeron los principios de la arquitectura académica, de cuyo influjo, incluso, no escapó la iglesia del Carmen Bajo. Entre los años 1891 y 1897 el tradicional templo modificó su apariencia, adquiriendo el ropaje estilístico con que ha llegado hasta la actualidad, y que le permitió estar a tono con la modernidad de aquel entonces, aunque ello significara renegar de su origen colonial.

La dictación de la “Ley de Comuna Autónoma” en 1891, que propendía la descentralización del aparato administrativo del país, fue determinante para la evolución futura de Santiago y especialmente para el antiguo sector norte de la ciudad. En base a dicho cuerpo legal surgieron nuevas comunas en las áreas suburbanas del municipio de Santiago, desligadas de su autoridad central. Se crearon primero las comunas de Renca, Maipú y Ñuñoa, para luego agregarse en distintos años: La Granja y Puente Alto en 1892, San Miguel en 1896,

Providencia y Barrancas en 1897, La Florida en 1899. Las Condes en 1901, Quinta Normal en 1915, y, finalmente, en 1928, la comuna de Conchalí.

Este hecho determinó un auge en la urbanización de sectores aledaños al área histórica de la ciudad de Santiago, los que comenzaron a concentrar el desarrollo urbano de la ciudad mediante el loteamiento de antiguas chacras y fundos. No fue el caso de la zona al norte del río Mapocho, que no se vio afectada por esta medida, por cuanto dicha área, acorde a su condición histórica, mantuvo su pertenencia respecto del área tradicional de la urbe, constituyéndose en ella dos de las diez circunscripciones en que se dividió el territorio de la Municipalidad de Santiago.

Estas fueron las de Cañadilla y Recoleta, que complementaban a las de Santa Lucía, Portales, Santa Ana, Estación, Maestranza, Universidad, San Lázaro y Parque Cousiño. Con el tiempo es posible afirmar, se fue estableciendo una relación marcadamente desequilibrada entre las circunscripciones al norte del Mapocho y el área central de la comuna de Santiago, donde la supremacía del sector fundacional de la ciudad, que mantuvo y consolidó, aún más, su rol de centro administrativo y comercial de la ciudad, no estimuló el desarrollo de los antiguos barrios de Recoleta y La Cañadilla.

Estos barrios, al margen de los incentivos de una administración comunal independiente, siguieron, por lo tanto, evolucionando al ritmo que les permitía una realidad más bien retraída, logrando conservar, en parte, algo de su carácter tradicional. No obstante ello, el inicio del nuevo siglo trajo algunas novedades.

La principal fue sin duda, que a partir de aquel tiempo se produce el cambio de nombre de la antigua Cañadilla por el de Avenida Independencia, como se le conoce hasta en el presente. Igualmente, cerca de 1907 se da término a la Avenida del Cementerio -actual Avenida de La Paz- llegando su trazado, finalmente, hasta la margen norte del Mapocho.

Debido a ello se instaló una nueva estructura metálica sobre el cauce del río que permitió el encuentro de la nueva avenida con la calle Puente. Pocos años antes, en los terrenos ganados al río al poniente de la Avenida Independencia, se comenzaba a levantar el edificio del Desinfectorio o Instituto de Higiene-actual edificio de la Policía de Investigaciones-, una de las primera obras realizadas por el arquitecto chileno-francés Emilio Jécquier en cargo de Arquitecto de Gobierno, y a quien se debió posteriormente el proyecto, entre otros, del edificio de la Estación Mapocho.

Al extremo norte de la misma Avenida Independencia surgía en aquellos

mismos años una singular función. En 22 cuadras de terreno en el sector de La Palma comenzaron a funcionar, cerca de 1906, las instalaciones del Hipódromo Chile. La actividad hípica con su intensa afluencia de aficionados se constituyó en un importante factor de desarrollo urbano. La apertura de nuevas calles, la creación de la Plaza Chacabuco, la extensión del servicio eléctrico y de las líneas de tranvías se pueden contar entre las iniciativas que impulsó y llevo a cabo dicha institución deportiva, transformando el ambiente de aquellos parajes aún semirrurales, y reforzando y prolongando al norte el carácter de eje urbano de la Avenida Independencia.